Autobiografía: cine, tiempo y preguntas

Mi viaje empezó sentado en el asiento de atrás del coche de mis padres, asomándome por la ventana como un niño caprichoso apunto de perderse en un balneario de dioses, imaginándome a aquel T-Rex que avisaba con los ecos de sus pisadas sobre un vaso de agua su llegada, y que para mi, nos estaba persiguiendo aun sin yo poder verlo. Mi madre lo recuerda como si fuera ayer, al igual que recuerda la fuerza con que estruje su mano en el teatro, cuando, otro dinosaurio, está vez más amigable, se hacía real ante mis ojos tras tantos años siguiéndolo a través del televisor. Se trataba de Barney, aquel dinosaurio amigable junto con aquel tiranosaurio terrorífico marcaban mis primeros pasos en mi historia, su especie ya los había dado mucho tiempo atrás sobre esta Tierra que habitamos.


 Aquella que Sebastião Salgado nos mostró en blanco y negro, y que su hijo recolectó como ingredientes para añadirle sal a la tierra. La misma que descubrí a la vez que iba creciendo, viendo su reflejo en cualquier pantalla.

En los cimientos de mi ágora construidos por mi padre, que al contrario que la biblioteca de Alejandría resistieron las revueltas religiosas, esta vez de mis abuelos, ya que como los jesuitas en Japón no pude aceptar el silencio.

En la elipsis en la que un hueso que vuela sobre el horizonte se convierte en una nave espacial, pase de ver como los dinosaurios reinaban en la tierra, a comprobar, a través de una hija que le pide que no se vaya a su padre, como el amor es lo único que trasciende el tiempo y el espacio, como hasta en la cárcel de Shawshank la esperanza es algo bueno, quizás lo mejor de todo, y como cosas que ni creeríamos se perderán como lagrimas en la lluvia. Todas estas lecciones que me dejo el cine, puede que hayan sido las únicas que estuve dispuesto a escuchar, ya que fueron estas obras las únicas dispuestas a entenderme cuando ni yo mismo podía hacerlo.




Mi hicieron ver el tiempo con otros ojos y sirvió para avisarme al igual que aquel fantasma que se queda extraviado en lo infinito del tiempo, de que todo se borra, de que todo se olvida, de que somos efímeros. De cual es el propósito de crear cuando nos enfrentamos a este tiempo invencible.




Aun lo sigo pensando, puede que tenga que esperar cien años como los Buendía para averiguarlo todo, espero que con realismo mágico incluido. Puede que un Dios con forma de Miyazaki este tratando de dar forma a este mundo, y que la garza venga a buscarme a mi ventana para llevarme a un mundo de fantasía donde la dama del fuego use su talento para deslumbrarnos. Dejo así esta autobiografía completa y a la vez incompleta, tal como estaba concebida en su origen, con un final abierto, con la peonza aun girando.



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